Elogio de un grano de arena

A la memoria de Rolando Tellini

Si en algún momento nos pusiéramos a pensar en lo contenido en un grano de arena, entenderíamos finalmente que es la prueba del tiempo, del cambio y, a su vez, de la eternidad.

¿Cómo llega a ser el grano de arena, lo que ahora es?

Después de miles de millones de años, después de la constancia implacable de las olas del mar, lo que primero fue una roca -que antes de eso fue un meteorito y, antes de eso, otro planeta- ahora es una pequeña partícula que nos abraza los pies al caminar en la playa, que los infantes convierten en efímeros castillos majestuosos, y que simplemente acompaña armónicamente a la cadencia de la escena marina. 

Si decidiéramos tomar al grano de arena por objeto de anclaje existencial, entonces nos tranquilizaría el hecho de que todo cambia, todo se está transformando. Podemos pensar que cualquier pena, por más pesada, grande y rocosa que sea, se puede disolver por medio de la constancia hasta llegar a la soltura de la arena seca y brillante. 

Por otro lado, también podemos decir que la arena es testigo de eternidad; así como dije que ese granito de arena perteneció antes a una roca que era un meteorito que antes pertenecía a un planeta, pues así, como el famoso polvo de estrellas, del que estamos hechos y en el que nos convertiremos eventualmente, nos rodea enteramente una existencia formada de partes mezcladas de todo.

Importante es además recalcar lo siguiente: un grano de arena puede parecer absurdamente pequeño, inútil. Claro está que quien afirme esto se equivoca, ya que, si pensamos en ese grano multiplicado por un millón de millones, su peso y su imponencia resultarían mortales. Imaginemos: el reloj de arena, la tormenta en el desierto.

Me atrevo a decir que el grano de arena es la prueba de la infinidad de las posibilidades. 

Es así que digo que contiene a la eternidad. Preguntarnos sobre el origen de cada grano de arena sería el equivalente de preguntarnos cuantas gotas de lluvia han caído desde el principio del universo. 

Podemos pensar entonces, ahora, al caminar sobre la arena en la playa, que esas minúsculas partículas llenas de todo pudieron haber estado en algún momento en otra playa, en otro país, del otro lado del mundo, en el fondo del océano, en otra galaxia y, ¿por qué no? bajo nuestros propios pies, en nuestras propias manos.