Elogio al Mall San Pedro

¿Por qué no se ha escrito aún una historia de los centros comerciales en nuestro país? Ciertamente descubriríamos muchas cosas sobre nosotros en ellas, no solo sobre nosotros “los ticos”, sino sobre la humanidad en general. Creo que hay una noción equivocada al considerar que los centros comerciales –o en su versión anglosajona mall— solo pueden servir para dedicar diatribas sobre el mal gusto arquitectónico, el consumismo exacerbado o la perdida de espacios públicos en el país. 

Mi teoría a propósito de estos monumentales entes, es que siempre nos han acompañado de una u otra forma, en muchas otras versiones. Me referiré a este concepto como el “armatoste”. 

El armatoste, es en sencillas palabras, un menjurje, un revoltijo de ideas. Es una especie de “atrapalotodo”, una noción que ha acompañado a la imaginación de los inventores que han aspirado a unificar el caos presente en el universo –o en alguna disciplina—bajo una sola idea, forma u objeto. Piénsese en el desarrollo del transporte. Alguna vez comenzó siendo un concepto sumamente sencillo: el cambio, que luego pasó a ser, el movimiento direccionado y acelerado, el recorte de distancias; luego las posibilidades de carga y de resistencia; posteriormente el cruzar barreras imposibles, como el aire o el agua; luego la reducción de accidentes y peligros. Cada capa nueva de ideas se ha ido incorporando a la incipiente rueda y al carretón más sencillo, para que hoy tengamos cruceros flotantes que parecen castillos o ideas fantásticas como “estrellas de la muerte”, es decir, planetas-ciudad. No hace mucho se estrenó un filme de ciencia-ficción, Máquinas mortales en el que observamos una idea que cada vez se ha vuelto más popular, la de las ciudades móviles, pensando en los futuros distópicos en los que el campo va siendo borrado por la concentración humana en las grandes metrópolis. 

¿Y qué es la metrópolis sino ese gran concepto de “armatoste”, en el diseño urbano mismo? El gran centro que lo succiona todo, más enmarañado que la selva más oscura y espesa. Lo hemos experimentado miles de veces, y esa forma básica que encierra esa idea también se ha anclado en la arquitectura. Es algún lugar que por su naturaleza “rejunta”, acoge y encierra, pero no de una manera armoniosa, y ordenada, como un templo griego de la antigüedad o una pirámide o un jardín, sino que lo hace de una manera vertiginosa y caótica. Quien ve un mall ve una quimera, pues ve el intento fallido de acoplar muchas cosas que, sin embargo, se sostienen.  

El Mall San Pedro, por ejemplo, es lo más cercano que tenemos a una criatura lovecraftiana que dormita en medio de la ciudad. Si se piensa detenidamente en su forma, no podrá evitar ver a una especie de dragón o reptil que descansa hacia la rotonda de la Hispanidad, con su hocico abierto de múltiples lenguas o balcones (quien tenga memoria de las famosas fuentes de agua sobre piedra que antes tenía en ese sector podrá agregarle una idea de textura a este rostro). Su cuerpo se curva hacia un costado donde descansa una torre circular llena de orificios circulares que se abren como ventilas de respiración, y en su parte trasera se eleva un apilamiento de niveles vidriosos, como panqueques, que conforman el vientre o lomo rayado de este monstruo. 

Para algunos este tipo de experimentos arquitectónicos pueden ser de desagrado, y no es la primera vez que se dan en la historia. El Palacio del Trocadero fue una famosa edificación que existió en París durante el final del siglo XIX y el principio del XX. Su forma se podría describir también como un armatoste pues revolvía estilos desde clásicos hasta bizantinos y árabes, en una serie de alas, galerías, salones, ventanales y hasta cascadas. Y al igual que sucedió con la torre Eiffel unas décadas más tarde, se volvió un emblema citadino, a pesar de que fueron durante mucho tiempo repudiados por los arquitectos modernistas de décadas posteriores que rechazaron el estilo ecléctico. Otro ejemplo a este rechazo ha sido el que recibió el monumento a Vittorio Emanuele II en Roma, o la Casa Popurului en Bucarest. 

Creo que hay varios ejemplos históricos que también pudieron encarnar la idea de un armatoste antiguo. Los zigurats, templos antiguos de las ciudades mesopotámicas y de la antigua Irán, contienen esta idea opuesta a la sencillez de una pirámide, y se componen más bien de una dimensión descomunal, imposible de capturar de inmediato, siendo al mismo tiempo sublimes y sobrecogedores, así como también intimidantes o hasta repugnantes. Un zigurat es una estructura colosal que parece una criatura que va emergiendo de la tierra y que no ha terminado de emerger, que no ha acabado de mostrarnos el interior de sus fauces.

Esta construcción está asociada, al parecer, al mito de la torre de Babel, en el que una gran mole se iba construyendo hacia los cielos; iba ascendiendo, capa tras capa, piso tras piso, en una forma aberrante, monumental, hasta los cielos, una aspiración que ya desde tiempos bíblicos parece ser vista como espantosa e impía. Un zigurat es la noción misma del exceso del tamaño. Es aquella visión horrenda de lo infinito. La imagen que queda siempre de esta torre o templo es la de un eterno conjunto inacabado, una construcción sin finalizar mostrando por partes su esqueleto, un cadáver a cielo abierto. 

Esa misma monumentalidad inacabada es la que podemos encontrar en los malles actuales: su forma suele ser totalmente inasible, indefinida, imposible de capturar de un solo golpe. Cualquier centro comercial que uno tenga en mente solo contiene una imagen parcial de su forma, aunque de entrada sí capturamos algo instantáneo, es decir, su tamaño, su monstruosidad que emerge en el horizonte y entre las casas, calles y automóviles. Piénsese en la esquina totalmente desbordante que ocupa Plaza Lincoln en Moravia, o la aparición súbita del Terramall mientras se transita la carretera hacia Cartago, y por supuesto la imagen del Mall San Pedro, siempre dominante del paisaje “sanpedreño”. 

Ahora considere otra forma asociada con el armatoste que se encuentra en el antiguo palacio de Cnossos, en Creta. Esta famosa edificación de la cultura minoica ha sido un enigma para arqueólogos e historiadores desde su descubrimiento, pues en este se fueron fundiendo y sucediendo distintas interpretaciones sobre su cultura, sus habitantes, sus regidores y su lengua, considerándola incluso escenario de las guerras troyanas. Esta cultura, junto con la micénica, está asociada al periodo de “oscuridad” que va del 1100 al 800 a.C. y que ocultaría las huellas de sus culturas hasta el renacer de la Grecia clásica. Por esto es que, conectada a la imagen del palacio, está la del mito del minotauro. La forma interior de este palacio, conformado por miles de habitaciones, pasillos, terrazas, balcones y columnas llevaron a sus descubridores a considerarlo como el posible laberinto gobernado por una criatura con cabeza de toro, de la que la princesa Ariadne debió ser rescatada. 

Y esta sin duda es una característica que vamos a poder asociar con un armatoste, la idea misma de extravío, de vorágine, de misterio y confusión, la sensación de no poder encontrar una salida. El mall también imita esta sensación de laberinto: nos perdemos entre sus pasillos, tiendas, ascensores, escalinatas y múltiples pisos. Esta característica de los laberintos invita a pensar además en la de un organismo vivo en su interior, que no se percibe desde su exterior, pues está protegido de la vista. Sin embargo, al entrar, nos maravillamos o nos perturbamos por la cantidad de movimiento, calor, luces, sonidos, olores, y demás estímulos del collage sensorial que nos invade. 

Ejemplifico esto con el laberinto por excelencia de nuestros malles: el Paseo de las Flores, cuyos cientos de rotondas, cruces y pasillos indistinguibles lo pueden hacer a uno salir tres veces por la misma salida. O la extensión interminable de Multiplaza Escazú, en el que es imposible llegar a donde uno quiere en un corto tiempo. Y sin duda, el que entienda cómo funcionan las escalinatas perdidas del City Mall tendrá medio camino recorrido hacia la solución de la mayoría de acertijos de la humanidad. He escuchado también que el Mall San Pedro representa para algunos un laberinto de este tipo por su aparente diseño de espejo a lo interno. 

Creo que de estas tres características que fueron expuestas anteriormente –la quimera, la monumentalidad y la laberinticidad—se puede justificar el que el Mall San Pedro sea su mejor exponente. “El mall”, como ya es denominado de cariño, es el representante por antonomasia del armatoste. Aunque requeriría un análisis más pormenorizado que no realizaré en este momento, creo que el resto de estos malles que tenemos en nuestro país no llegan a cumplir a la perfección alguna o varias de estas tres características; otros son más bien la intensificación absoluta de alguno de esos elementos; y todos, de alguna u otra manera, beben del patrón establecido por “El mall”. 

Además, el Mall San Pedro fue el que superó, desde su aparición en 1995, la antigua forma y nomenclatura que ocupaban los antiguos centros comerciales o plazas, como lo fueron el Centro Comercial del Sur, Novacentro o Plaza del Sol. Estas primitivas formas de mall, que en su simplicidad apenas combinan pasillos encasillados, no poseen ni la laberinticidad o monumentalidad requeridas para considerarse un armatoste.

Finalmente debo señalar una característica menor, aunque creo que fundamental si se quiere identificar a un armatoste, y esta es su fealdad. Ser un armatoste equivale a aquella imagen icónica que tenemos del Halcón Milenario, la nave que Han Solo conduce en La guerra de las galaxias. Varias veces la nave es señalada de ser fea y estar bastante vieja y fallar constantemente, a pesar de cumplir su labor fundamental de ser veloz. Esa imagen creo que aplica particularmente al “Mall” pues a pesar de que sea señalado comúnmente como feo o anticuado, creo q es precisamente eso lo que lo hace especial y acogedor, lo que invita a recorrerlo continuamente que, a fin de cuentas, es su función principal. 

Y puede que alguien ya haya reconocido o encasillado esta reflexión como un “noventerismo”, es decir, una más de estas apelaciones nostálgicas a la dócil y bondadosa década de los años 90, pero ciertamente aquí aplica el dicho de que toda escoba nueva barre bien, y quizá sea el elemento de novedad el que a todos alguna vez nos haya enamorado de aquello que consideramos superior.

Pero he de decir que, si para Kierkegaard la superioridad de el “Don Giovanni” de Mozart estaba por encima de cualquier otra obra musical, es justo intentar defender, asimismo, que el Mall San Pedro está por encima de cualquier otro mall, sin discusión, para cualquier época. Es decir, el Mall San Pedro representa aquella “malleidad” misma, aquella esencia de su género. 

Todos tenemos una obra arquitéctónica que respetamos por su belleza, o por su ajuste a alguno de nuestros criterios de ejemplaridad, desde su diseño, su minimalismo, su pureza, su elegancia, su modernidad o su ancestralidad. Podría debatirse por horas y hacerse tablas comparativas sobre por qué Lincoln Plaza tiene una peor distribución espacial que Multiplaza del Este, o si Paseo de las Flores huele más a pollo, o cuál es el mall de gente más “pipi” y cuál el más democrático, pero en el fondo, creo que poseemos ya de antemano una idea de aquello que hace a todos un mall en primer lugar.

Siempre disfrutaré perderme y enredarme entre los pasillos de esta criatura-máquina que habita en el centro de Montes de Oca, que invita a todos a atravesarla y a sumergirse en sus entrañas esperpénticas, y espero que otros también tengan la posibilidad de pensar y compartir sobre aquellos lugares –rincones y cuevas, huecos y hendijas— que para ellos son los refugios y locaciones fundamentales de la imaginación.