La libertad de Siberia

Solo una vez en la vida se me hizo imposible continuar con la lectura de un libro. Esto me ocurrió no porque el libro fuera malo, aburrido o incomprensible para mí, sino por resistencias emocionales, por defensas activadas para evitar que lo escrito en la ficción rozara y lastimara mi revuelto inconsciente. 

Entonces yo tenía unos 22 años cuando tendido en una cama avancé, me adentré en unas pocas páginas y de pronto me encontré con las estepas de Siberia. En una vieja casa un hombre descubre unas memorias escritas por un conocido suyo recién fallecido; la mujer que le arrendaba un cuarto se refirió a él como una persona silenciosa, buena, profesor de su hija. La niña lo quería mucho y lloró al recordar a su maestro muerto. Ella nunca supo que ese maestro estuvo preso por años en Siberia al ser el responsable de un crimen atroz. Dostoyevski es el hombre que encontró sus cuadernos y que nos dio a conocer la desgraciada historia en esa memoria ficticia que se llama Recuerdos de la casa de los muertos, terminada de publicar en 1862.

Decía William Faulkner que él todos los años leía el Quijote y que usaba este ritual literario para descubrir cuánto había cambiado con el paso del tiempo, y eso lo lograba en el espejo extraordinario que le ofrecían las aventuras de aquella pareja de amigos dispares y cómplices, un escudero pragmático y un caballero andante perdido entre dos tiempos, entre la Edad Media y el nacimiento de la modernidad. Le seguí el consejo a Faulkner y me fui a la biblioteca a sacar del rincón en el que tenía deportado aquel libro de memorias y de lectura inconclusa.

Mucha agua debe haber pasado bajo el puente porque en estos días me lo terminé sin mayor problema, estudiándolo a una distancia racional, sorprendiéndome con aquella galería de seres degradados por el dolor y por el encierro; quirguices, tártaros, circasianos, aristócratas, siervos, representantes todos de la Gran Rusia, hombres que por una u otra razón fueron a parar con todos sus huesos al presidio de Siberia.

Para contar esas memorias Dostoyevski construye un narrador fascinante, de quien nunca se menciona su pasado pre-siberiano más que para decir que fue noble. El crimen que este hombre cometió solo se refiere al inicio para explicar la razón de su condena, pero el narrador nunca habla de él ni tampoco ningún otro personaje. Las memorias no tratan de ese crimen, sino de la vida en prisión. 

Tal vez esta sea la trampa de Dostoyevski, quien nos hace sentir compasión por un monstruo, a quien presenta como un hombre sensible que con humor y amor nos lleva de la mano a recorrer el infierno, la pestífera atmósfera de una cárcel inclemente, el tedio, los tiempos muertos, el frío glacial, el hospital, el resentimiento de clase experimentado entre los presidiarios pobres y los nobles, el odio empozado, las riñas a puñal, los castigos ejemplarizantes y salvajes. Pero lo que más me impresionó de estas memorias fue la agudeza de las observaciones psicológicas de ese narrador que nos va dejando saber su tristeza al anochecer, la depresión de los primeros meses, los sueños de fuga, la ilusión de la libertad en la estepa, donde el narrador se imagina a sí mismo andando junto a pueblos nómadas que pueden sentir el viento en el cuerpo y la luz del sol en el rostro. 

Dostoyevski nos enseña cómo la bondad se valora más cuando viene de hombres que lo han perdido todo, hombres humillados y ofendidos hasta lo indecible y que, a pesar de ello, son solidarios y generosos entre ellos o con el narrador de las memorias. Desde luego que en el libro también se describe a los rencorosos, a los envidiosos, gente de mala entraña que disfruta y desea el mal ajeno, seres vengativos, traicioneros, chismosos, borrachos de penal que exhiben su egoísmo tras los muros y empalizadas de una prisión que de vez en cuando vive momentos carnavalescos, en el sentido que Mijaíl Bajtín le da a este término, es decir, momentos en los cuales se altera el orden habitual de la vida, en este caso, la vida del presidio. Esto ocurre con las escapadas de algunos reos a buscar sexo rápido en un pueblo más o menos cercano, o con el consumo de alcohol en fiestas que eran parte de los privilegios de unos pocos y, por supuesto, con la aparición del teatro.

El teatro en el presidio

En días de fiesta me encontré con algo extraordinario. Desde varias perspectivas la ficción ha sido pensada en distintas oportunidades como un combate y un consuelo ante un mundo hostil y mediocre. Esto nunca se entiende mejor que en los ejemplos que da la misma literatura. Las fantasías de Don Quijote por las llanuras de la Mancha, los cuentos del Decamerón expuestos por aquellas muchachas y aquellos muchachos hermosos y vitales, que se refugiaron de los estragos de la peste negra contándose historias eróticas en los jardines de un castillo florentino. O Emma Bovary, que harta de un marido aburrido y simplón, médico pueblerino, se escapó de él en la lectura de novelas de salón, ficciones que poco a poco ella misma empezó a vivir con los amantes que fue cosechando por el camino. Es decir, cuando la vida cotidiana asfixia, siempre nos queda la posibilidad de la ficción.

Esta idea adquiere una luminosidad mayor cuando se sostiene desde una cárcel, ya sea porque en ese encierro alguien lee o escribe para huir de ahí por medio de la imaginación y de la inteligencia, o porque en el mismo penal deciden abrirle un espacio a la ficción, en el caso de Recuerdos de la casa de los muertos, al teatro. Entonces, se nos cuenta que en la cárcel de Siberia tenían lugar improvisados conciertos de balalaika, pantomimas, dramas religiosos, un capítulo maravilloso en el cual el mismo Dostoyevski reflexiona sobre el origen del teatro ruso, cuando algunos nobles ponían a siervos de su propiedad a representarles obras y ficciones sobre un escenario, con vestuarios y decoraciones que les permitían a ellos transportar su imaginación por otros tiempos y por otros espacios.

Después de asistir al teatro, el narrador confiesa que por primera vez sintió la esperanza de una vida después de la cárcel, por primera vez divisó en la lejanía el fin de su condena. En condiciones tan precarias este hombre experimentó eso que muchos escritores y teóricos han dicho, la ficción alivia el peso de la vida. 

Ese del teatro es un capítulo entre otros, bajo ninguna circunstancia se puede decir que es la idea central de este libro, pero a mí me pareció maravilloso, como maravilloso me pareció también que un novelista descomunal pueda convertir una experiencia tan terrible como la vida en una prisión siberiana, en unas memorias que en ocasiones se pueden leer como una novela de aventuras y que representan una ventana abierta a la Rusia del siglo XIX, a sus clases sociales, a las etnias y naciones que conforman ese gran país, a la psicología de hombres desheredados y complejos, celosos, asesinos, vagabundos, ladrones, enemigos del Zar, asaltantes de caminos. 

En fin, Recuerdo de la casa de los muertos, al igual que el Quijote, es una historia hecha de historias, en este caso, de criminales; historias que llegan a nuestro conocimiento gracias a uno de ellos, un protagonista y un testigo de aquel horror, quien salió de él para contarlo, tal vez, con el fin de exorcizar sus demonios o de comprender un poco mejor aquello que vivió. “La literatura es el olmo que da peras.” Dice Octavio Paz con precisión extraordinaria.

Dostoyevski es un escritor de cuidado, profundo y complejísimo. Él mismo estuvo preso por razones políticas, de esa experiencia surge una inquietante declaración suya sobre los reos: “Yo los observaba mucho y no eran malos todo el tiempo.” Esa es la contradicción a la que nos empuja en Recuerdos de la casa de los muertos, al hacernos desear que le vaya bien a un hombre al cual en otras circunstancias despreciaríamos y condenaríamos.  

Al capítulo del teatro le sucedieron los del hospital, el de los animales del penal, el de las fugas, el de los amigos y el del esperado día de la salida, en el cual el narrador nos revela algo sorprendente: “la libertad, vista desde el presidio, nos parecía muy superior a la verdadera, más libre que la libertad real.”

Dostoyevski entonces, así, de pasada, en boca de ese criminal que es su narrador, y tal vez sin proponérselo, dice una enorme verdad sobre la literatura; porque esa libertad que él encuentra superior a la verdadera es la de la imaginación, es la que soñamos y anhelamos, es la que nos impulsa a vivir a pesar de todas las adversidades.

Esa es la libertad que nos permiten desear las grandes novelas y también las buenas obras de teatro, la poesía y la música, es la libertad del arte que nos vacuna contra los imbéciles y fanáticos, contra los dogmáticos y contra los sectarios. Es una libertad en rebeldía contra lo mediocre y unidimensional del mundo que, ¡contradicciones de la vida!, descubrí otra vez en el testimonio de un presidiario, en unas memorias que muchos años atrás no pude ni siquiera empezar a leer y que en estos días me hicieron reflexionar tanto sobre la literatura, la psicología y la libertad.