Fila, el hombre de los peces

Los pescadores nocturnos […]

fabrican historias que nadie recoge.

MARIO LEVRERO

“Mi hijo es como un ternero”, me dice, mientras sus palabras quedan repentinamente iluminadas por los focos de una ruidosa bicimoto que se aproxima a lo lejos, agujereando el silencio y trazando un haz de luz que se estrella en sus ojos y los hace aún más verdes y brillantes de lo que son. 

Son las 8 de la noche y el hijo de Fila, un veinteañero pochotón y simpático, está saliendo de su turno en la cocina y se enrumba hacia la salida de la universidad. Lo esperan siete kilómetros de asfalto institucional y, una vez en la carretera, una cantidad nada despreciable de sombras y de tráileres. 

Es la hora exacta en que los armadillos emergen de la tierra para llenar sus caparazones de rocío y oscuridad, la hora en que la calle emerge de la neblina como el lomo de un animal maltratado por los siglos. Ahí, en la espina dorsal de ese animal dormido, rodará el ternero en su bicimoto, enredándose en la estela de herrumbre y ruido que irá dejando a su paso. Empapado por la humedad de un día que se acaba, avanzará el ternero en línea recta hasta desembocar abruptamente en la carretera principal, en la inercia de asfalto que lo llevará de vuelta a su casa y al litro de leche que engullirá sentado en la mesa de la cocina, como casi todas las noches. 

A Fila, después de dejarme a mí en las barracas, le queda todavía un buen rato —dos o tres carreras más, todo depende—, probablemente en Pocora y alrededores. Aunque tiene muchísimos años de experiencia al volante, a esas horas de la noche no está del todo en lo que tiene que estar. 

La mano derecha, anclada en la palanca de cambios, se le va secando a medida que avanzamos hacia la primera rotonda, justo en donde hay que doblar hacia la izquierda para llegar a la residencia de mujeres. 

Es evidente que la piel de Fila, ese cedazo tejido de rigores, nació para cosas más importantes que toparme en la parada y llevarme a la barraca de la universidad todos los martes por la noche; nació para pulsar la cuerda, lanzar el anzuelo y esperar a que algo pique. En teoría, es lo mismo que hace todos los días con el taxi –pescar gente–, pero si se piensa el asunto con cuidado, cae uno en cuenta que no, que pescar, en el caso de Fila y de cualquiera, no es lo mismo que pescar. El verbo no es equiparable a la acción que pretende describir u ocultar.   

Fila sueña peces, pero en lugar de róbalos y gaspares recoge gente que, al montarse en el asiento de copiloto, como un gesto reflejo, descuelga el brazo derecho por la ventana para refrescarse del bochorno de un Caribe que se desploma y se revienta contra el suelo como un fruto maduro, pringándolo todo. 

Guácimo, el cantón que Fila se sabe de memoria, es tierra abundante en aguaceros y agroquímicos, y aunque la solidaridad es moneda de cambio entre vecinos acostumbrados a intercambiar todo lo que brota del pedazo de tierra en donde anclaron casa y afectos, el trabajo estable y los contratos permanentes son, como en el resto del país y del mundo, animales en peligro de extinción. Se trabaja para comer y pagar cuentas, para vivir lo mejor que se pueda mientras se pueda. De ahí la incongruencia de que la mano de Fila, esa mano nacida para rozar el agua, no esté ahora mismo pulsando la cuerda; que esa parte de su cuerpo, con sus dedos, falanges, manchas, cicatrices y golpes, pese a cumplir con todos los requisitos para ser considerada una mano, sea lo que ese taxi alquilado hace de ella: un pez moribundo sobre la palanca de cambios. 

En las manos de Fila, como en las de tanta gente trabajadora que él lleva diariamente, lo que hay, lo que persiste, es una sed o, si se quiere, un discreto letargo. Fila es el paréntesis que les permite a todos, a mí misma, evadir momentáneamente ese letargo y flotar por un rato en la tranquilidad de su voz, en el oleaje acompasado de su conversación. 

Su trabajo es llevar gentes y encargos de todo tipo y a cualquier hora: chiquitos recién bañados a la escuela, estudiantes que de día necesitan ir de compras a Pocora, estudiantes que de noche necesitan ir a emborracharse a Pocora. Su trabajo, también, es comprar troniceviches y órdenes de rice and beans para profesoras reventadas de cansancio, y llevárselos a la puerta de la barraca. Alegrar el estómago de esas mujeres que, a las nueve de la noche, después de darse una ducha rápida en el baño compartido, se tiran en el silloncito de la sala a ver la novela turca del momento y a esperar que el sueño las aplaste. Mujeres asediadas por sus propios bostezos, que recorren de memoria la penumbra del corredor, pero lo hacen siempre con mucho cuidado para evitar tropiezos y no despertar a las que duermen desde temprano. Mujeres que, una vez en su cuarto, cumplen el ritual de lavarse los dientes y orinar sin bajar la cadena, todo sea para cumplir con el primer mandamiento de la vida común en las barracas: no molestar a la compañera de al lado. 

La novela turca de las nueve, dependiendo de cada caso, hace las veces de paliativo o edulcorante, pero en la mayor parte de los casos es lo que es: material para rellenar conversaciones a la hora de almuerzo. El melodrama del siete es el último y más sofisticado eslabón de la rutina, el cénit del aburrimiento antes de tirarse en la cama a revisar el celular o a ver el techo, a esperar que el aguacero explote y ahogue, como solo él sabe hacerlo, el ronroneo crónico de las aspas del ventilador. 

Mandados, recados, fletes, tareas y meriendas olvidadas, parejillas en estado de urgencia: Fila todo lo lleva y todo lo trae. Se ha ganado, a fuerza de sus idas y venidas al campus, la confianza de quienes allí trabajan, y a él se recurre siempre, sin dudarlo. Su taxi va y viene, cápsula de oxígeno que sobrevuela la monótona superficie en donde flotan estudiantes, administrativos y docentes. Fila no solo conoce de memoria los apodos de absolutamente todos los guardas, sino que ubica perfectamente a gran parte del personal y de los estudiantes; se lleva bien con los peones de la empacadora de banano, y aunque para cumplir con el protocolo de seguridad se tiene que dejar revisar una y mil veces en el puesto de vigilancia de la entrada de la universidad, repite el ritual con paciencia, con la dignidad que aprendió de los pescadores más viejos de la Barra del Colorado.

Por pasar sentado y manejando todo el día, le duelen bastante la espalda y las piernas. El dolor es agudo y persistente, un festín de punzadas y hormigueos. La solución sería estirar las piernas o empastillarse, pero la realidad es hacerse el loco y cumplir con las ocho horas diarias de idas y regresos. 

Aunque el acto de sentarse es fundamentalmente el mismo en cualquier parte del mundo y en cualquier momento de la historia (agacharse y apoyar las nalgas en silla, sillón, acera, calle o banca), el sentido que adquiere ese simple movimiento puede cambiar radicalmente; todo depende de lo que ya todos sabemos: dónde y con quién nos sentamos, para qué lo hacemos, con qué sentido, en qué lugar, por cuánto tiempo. Es como el aire, ese bien escaso que Fila pierde diariamente en la carretera, atascado en las presas de Guápiles y alrededores, y que recupera cuando navega en la aparente inmovilidad de los manglares. 

En el caso de Fila, el acto de sentarse adquiere sentido cuando no es él quien maneja, sino cuando es él a quien el agua lleva, a quien el agua apacigua y moldea. Sentarse en la lancha es dejarse estar por la casualidad, la temperatura y el oleaje; es sortear las nubes de mosquitos y abandonarse a la certeza de que en la vida hay cosas que, definitivamente, solo el agua. 

Las cinco de la tarde, para quienes no están en carretera, es una hora especialmente agradable en Guácimo y los poblados cercanos. Es la hora en que los corredores de las casas empiezan a llenarse de señoras, chiquitos y personas mayores que se sientan en sus mecedoras a despedirse del calor abrasador de cada día. Las luces de las salas y las cocinas van encendiéndose poco a poco y las casas, vistas desde lejos, parecen las llamas de un fuego minúsculo que se expande. La frescura de ese instante es efímera, escurridiza, como todo en la vida, y la sed de todos los días, la que da tener trabajo o no tenerlo, siempre regresa, particularmente a esa hora o a final de mes. 

Cada cual maneja el asunto como puede, pero en el caso de Fila, el alivio está en la lancha y los amigos que, al igual que él, ahorran todo lo que pueden para escaparse de vez en cuando a pescar en las profundidades del río Colorado. Fila, el hombre de los peces, sabe que cualquier esfuerzo vale la pena cuando la recompensa es desaparecer un rato entre garzas azules y la misteriosa belleza de los yolillales.