Tal vez esta sea la trampa de Dostoyevski, quien nos hace sentir compasión por un monstruo, a quien presenta como un hombre sensible que con humor y amor nos lleva de la mano a recorrer el infierno, la pestífera atmósfera de una cárcel inclemente, el tedio, los tiempos muertos, el frío glacial, el hospital, el resentimiento de clase experimentado entre los presidiarios pobres y los nobles, el odio empozado, las riñas a puñal, los castigos ejemplarizantes y salvajes.